lunes, 7 de octubre de 2013

La reconstrucción del relato histórico. Enseñanza de la historia e identidad nacional

Instituto Superior de Formación Docente 129

Profesorado en Historia

Cátedra: Perspectiva sociopolítica


La reconstrucción del relato histórico 
por Aldana Migueltorena
El análisis de los manuales se iniciará con la reforma de planes de estudio de 1956; es decir, en la experiencia anterior a las reformas democráticas. En la escuela se destinaba el tercer año de la escuela media a un curso de Historia argentina que sucedía a dos cursos de Historia general: uno de historia antigua y otro de historia moderna y contemporánea. Por otra parte se instalo una nueva modalidad en la producción editorial de textos escolares de Historia; una característica fue la presencia dominante de autores provenientes del ámbito de la enseñanza media, que desplazaron a aquellos que venían del campo académico. Estos profesores realizaban su trabajo sin incursionar ellos mismos en las tareas de investigación, que la Nueva escuela había impuesto  como modelo a seguir. La llegada de estos autores reprodujo y cristalizó la hegemonía de la versión del pasado elaborada por la Nueva escuela. 
Por otro lado, las críticas influyeron en el ámbito educativo, instalando la polémica que se desarrollaba en ámbitos culturales más amplios. Sin embargo, no se trasladá a la escuela el estilo polémico sino versiones más moderadas. 
A partir de 1983, hubo un recambio en la propuesta editorial que estuvo acompañado de algunas novedades: las ilustraciones fueron más abundantes, se incorporaron propuestas de actividades didácticas y se agregaron documentos a modo de ilustración. Es probable que la ventaja que editoriales y profesores hayan advertido fuera el uso de un lenguaje  considerado más llano y sencillo  que el de los libros anteriores. Las nuevas reformas llegaron rápidamente por medio de las editoriales a los alumnos. A pesar de que la reforma aprobada pudo hacer inadecuados los manuales a los nuevos programas, en algunos casos las editoriales copiaron y pegaron fragmentos de los viejos manuales para adecuarlos a los nuevos programas.
Otra característica es el recorte de aquello que consideran el pasado narrable de la argentina. Siguiendo los programas diseñados sobre la perspectiva de la nueva escuela, la historia nacional se inicia con la llegada de los primeros europeos al territorio del actual estado argentino, a través de las corrientes colonizadoras. A continuación, se analiza la evolución de la organización administrativa española; y finalmente se incorpora un breve apartado en el que se describe la etapa subsiguiente, que puede llegar hasta 1912 o tal vez 1945: se trata de una exposición sumaria de la obra de los sucesivos gobiernos. Desde el desembarco de los primeros españoles, se descubre la presencia de una nación que es anterior al estado. 
La estructura narrativa se construye sobre un relato político militar. Se trata de una historia política aunque se encuentra ausente todo contenido específicamente político, es decir un campo de disputa por el poder entre individuos y grupos con intereses. Esto significa que no se ignoran los conflictos, pero siempre quedan diluidos.
El gesto implícito de una búsqueda arqueológica de la nación supone la traslación hacia el pasado de una esencia que, en sus rasgos determinantes, se considera completa y acabada desde el mismo momento en que se aborda la primera página del manual y se identifica a los aborígenes argentinos. La nación es ajena a toda historicidad. 
La mirada centrada en una esencia inalterable debe ser compatibilizada con una narración que asume una perspectiva cronológica. De este modo, van apareciendo momentos fundacionales. Las instancias han sido establecidas canónicamente por décadas de historiografía: la llegada de los españoles, su organización administrativa, las invasiones inglesas, la crisis revolucionaria y la independencia, las luchas entre federales y unitarios, la organización del estado.
Entre 1955 y 1983, la historia argentina escolar opera menos como la explicación o el desarrollo de procesos del pasado, que como un ritual pedagógico, necesario para cumplir con la prescripción de una educación patriótica destinada a la formación del hombre argentino. 


La ocupación del territorio argentino    
  
 En ausencia de una cultura indígena, el primer reconocimiento que garantiza la existencia material de la nación en el pasado es el territorio. El territorio es el principal camino para encontrar a la Argentina en el pasado colonial.
En los libros de textos, la elección de un fundamento territorial tiene como primer propósito ofrecer un criterio unificador. En el manual de Ibáñez se busca resolver el problema de la diversidad de orígenes que suponen las tres corrientes colonizadoras: “está plenamente comprobado la unidad, o mejor dicho la vinculación de las tres corrientes pobladoras de nuestro territorio (…). La obra civilizadora no derivó de un simple capricho, sino que se llevó a cabo de acuerdo a un plan preconcebido” (Ibáñez 30).
Por su parte Fernández Arlaud, por su fundamentalismo católico, encuentra en la  religión una segunda señal de unidad y continuidad. Para este autor, la continuidad con la empresa religiosa conduce a privilegiar el período de los Habsburgo, por sobre el de los Borbones ilustrados. 
El territorio es exaltado como el componente primero y esencial de la nacionalidad. La reiterada utilización del posesivo "nuestro" refuerza el efecto de identificación del lector con el pasado y con el territorio.  
“el actual territorio argentino fue descubierto y colonizado por hombres que penetraron por el norte (desde el Perú), por el este (desde España) y por el oeste (por Chile) todos ellos merecen nuestra admiración…” (Douzón).
La unidad territorial permite transformar a los protagonistas en objeto de culto patriótico; se trata de unos de los registros fundamentales de la historia nacional que se despliega en los manuales. 
A partir de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX esta cuestión se exacerbó, por los análisis geopolíticos de la Guerra Fría.   
Si la nación española es al menos una parte de la nación argentina, portugueses y británicos son necesariamente extranjeros. El programa de Historia argentina utilizado en 1956 estudia otras colonias y las califica como extranjeros. 
Esta versión es unánime cuando se trata de afirmar los derechos de la monarquía española sobre las Islas Malvinas. Se instala y consagra en el pasado más lejano una mirada crispada, basada en el irredentismo territorial, es decir, en la idea según la cual un territorio pertenece a una nación por ser componente esencial de ella. 
Así, las potencias extranjeras son naturalmente agresivas y expansivas. El imperio español resulta ser un estado pacífico y agredido, que sólo defiende sus derechos. En primer lugar Portugal, y en menor medida Gran Bretaña y Holanda hacen su entrada en los manuales como eternos culpables.
El territorio  asimismo permite diferenciar a la Argentina de las otras naciones pertenecientes al imperio español. Esta curiosa mirada tiene como consecuencia la inmediata nacionalización de lo que hoy son Chile, Paraguay, Perú y Uruguay. 
Más que una historia administrativa, los manuales siguen la senda a través de la cual los territorios argentinos van unificándose naturalmente bajo una única administración, proceso que culminará con la creación del virreinato. La clave territorial de la presencia de una nación en el pasado también tiñe las miradas sobre los grupos indígenas precolombinos. 
En los manuales, se trata de extender la idea de la homogeneidad nacional a cualquier zona posible de un pasado identificado simplemente por la ocupación del “territorio argentino”.     

El Virreinato argentino
Cuando se crea el virreinato, el principio de nacionalidad comienza a trasladarse al pasado con mayor  facilidad. La nación, que hasta esos momentos era considerada completa, comienza a tener diversas y sucesivas fundaciones. En 1776 la nación es refundada y tomada como un principio jurídico-político para conformar una unidad invulnerable. Para Fernández Arlaud, la creación de “nuestro virreinato”  crea el principio de “identidad geográfica”. La nueva nacionalidad se centra en la extranjeridad agresiva de ingleses y portugueses. El virreinato, que tenía sede en Buenos Aires, ofrece una primera realidad jurídica en la cual se incluyen territorios de otros futuros estados. En la creación del virreinato se desarrollan varios puntos, como la economía pastoril y la figura del gaucho, pero se trata de elementos secundarios.

El período revolucionario y la “nación desgarrada”
La serie de sucesos ocurridos durante el período de revolución en Mayo de 1810 a 1820 marcan el momento de consagración definitiva de la Nacionalidad, ya que estos diez años ofrecen el escenario ideal para la epopeya nacional además de ser la base de la historia Argentina. Este momento es perfecto para crear una identidad nacional, sentido de pertenencia y amor por la patria.
Aunque la epopeya tenga un carácter de popular o de centrarse en el pueblo, por lo general trata de resaltar actores individuales, y elevarlos a la categoría de próceres cuyos actos son gloriosos y trasmiten su grandeza al futuro. Los lectores de los manuales sólo pueden sentir admiración frente a esta gran época, a sus actores, y al legado que estos dejaron. Estos lectores debían tomar sus enseñanzas y aplicarlas en el presente.
El título de “patriota” convierte a los actores en los personajes de una epopeya: los autores de los manuales, si bien son conscientes de las diferentes facciones, minimizan el sentido del conflicto tratando de explicar que cada grupo buscaba el bien de la patria con apenas pequeñas diferencias. La política en el sentido estricto es ajena a este período: en el relato de la epopeya la política como lucha de ficciones suele ser el origen de la derrota de la causa patriota.
En este relato militarizado de la historia se plasma el sentimiento de nacionalidad, identidad y pertenencia de los patriotas (los argentinos) frente a los sometedores (los españoles). De esta manera, se engrandece la figura de quienes participan en este período de revolución.
Después de la ruptura de la dominación española, los autores de los manuales marcan a la vez una continuidad de “nuestro país” a la dominación española. Esta continuidad es necesaria para mantener una imagen de nación católica, pero más importante es la continuidad de ser una colonia española a una nación, tiene una implicación en una cuestión de territorio, con esto se apunta a que si el virreinato ahora es Argentina, es lícito decir que su territorio también es argentino. Sin embargo, de la desestructuración del virreinato no nace una nación, sino al menos cuatro: Uruguay, Paraguay, Bolivia, y Argentina. También de este territorio se desprenden Chile y Brasil. Así, nace la idea de la “nación desgarrada”, otra base sobre la que se construirá el relato de la nacionalidad Argentina. La continuidad  atribuida entre el virreinato y la Argentina está fundamentalmente basada en una cuestión de territorio.
La idea de nación desgarrada no hace otra cosa que engrandecer a la nación Argentina por varias razones. Primero, por la victimización de la Argentina al perder territorios frente a sus vecinos. Segundo, las otras naciones deben su existencia en parte a esta pérdida. Tercero, se habla de una grandeza moral en la actitud de los argentinos que aceptan ser desgarrados para asegurar la existencia de los demás. Por último, cualquier reclamo por parte de los países vecinos, en especial los territoriales, no sólo resulta injusta,  sino también un acto de desagradecimiento ya que estos deben su existencia a un acto de buena voluntad por parte de los argentinos.
Uno de los máximos próceres de estos manuales es San Martín, como reflejo de grandeza y desprendimiento característico de esta nación que decide luchar por la independencia de los países vecinos, un genio militar con una visión de liberación continental.
Así, el mito de la nación desgarrada es una mirada sobre la propia grandeza y desprendimiento, una nación libertadora de otras naciones con un rol protagónico que desvía las miradas de sospecha hacia otros.

Los años de la anarquía
Finalizados los años de la revolución y las guerras de independencia, dos elementos estructuran las explicaciones y evaluaciones de los textos sobre la época que se cierra en 1852. El primero es la idea de que la nación se encuentra definitivamente constituida y sólo se asiste a debates y luchas para definir su forma de gobierno. El segundo, que la defensa de esa nacionalidad, en términos de su soberanía territorial, resulta ser un elemento definitorio para la ponderación de los protagonistas. En esta clave, los manuales siguen un camino ya consolidado por la Nueva Escuela, y que consiste en la incorporación de los caudillos federales al Panteón histórico, como defensores de la nacionalidad y la soberanía. El caso más relevante y paradigmático es previsiblemente, el  de Juan Manuel de Rosas; si bien no siempre desaparecen las críticas por su autoritarismo o su resistencia a organizar un gobierno nacional, todos reconocen su acción en defensa de la soberanía. Para eso se construye una historia del período que siempre separa tan tajante como arbitrariamente, bajo distintos títulos, los temas políticos internos de los externos. 
Como contrapartida de la grandeza moral vernácula, aparece  la fundación chilena de Puerto de Hambre o Puntas Arenas en 1843. Este acontecimiento es la primera manifestación concreta de la nueva perspectiva limítrofe que, en adelante, regirá todas las consideraciones dedicadas a Chile en los manuales escolares.

Las Malvinas argentinas
La cuestión de las Malvinas aparece prácticamente en la totalidad de los manuales y por la temática que se abre con el virreinato, se prolonga hasta el momento de la escritura de los manuales. Es, además, el más importante de todos los conflictos internacionales que involucran a la Argentina. El tema Malvinas arrastra como ningún otro la prescripción de visiones, actitudes y comportamientos, para los autores y los lectores, en tantos miembros del cuerpo nacional.
Se trata de justificar una situación de hecho con argumentos que mezclan lo emotivo con lo tenido por científico y entre otras cosas, se recurre también a la autoridad de la historia.
A la hora de exponer los conflictos, concurren cuatro características del discurso de la nacionalidad; la preeminencia del criterio territorial; la confusión entre la función de los derechos territoriales en los estados dinásticos y patrimoniales y en los modernos estados nacionales; la incongruencia entre el relato de los acontecimientos anteriores a 1810 y los derechos incontrastables que España tenía sobre las islas; finalmente, la potencialidad autoritaria de los discursos de la reivindicación territorial, que un verdadero argentino no puede discutir.
La reforma de 1941 introduce el tema como ítem obligatorio, posiblemente como consecuencia del auge de los discursos nacionalistas antibritánicos, y del militarismo que se difunde en estos años. Este tema es mantenido por la reforma de 1979, con el agrado del clima antibritánico que antecedió y sucedió a la guerra de 1982, que a su vez originó una mayor dedicación y un lenguaje más belicoso e inflamado, presente durante toda la década de 1980. 
Prácticamente la totalidad de los libros de texto se ocupa de la historia de las Islas antes de 1810 con la intención de subrayar el origen y ejercicio de los derechos españoles, y asegurar así la validez de los reclamos actuales de la Argentina. Aquí se manifiesta el anacronismo ya citado respecto de los modernos principios territoriales. Por otra parte, se manifiesta una progresiva incongruencia entre la narración que aparece en los textos y los proclamados derechos españoles.
Los manuales posteriores a la reforma de 1979 mantienen el tratamiento prioritario y prescriptivo del tema. Las traslación del pasado de la identidad nacional cobra en este caso un sentido directo, al asimilarse nuestro derecho con el descubrimiento español. Cuando se pasa al acontecimiento de 1833, el tono de los textos se hace uniforme alrededor de la idea de usurpación.
Historia y geografía respaldan de forma científica, neutral y contundente los derechos argentinos y justifican y la calificación de los hechos de 1833 como una usurpación. Luego de la reforma de 1979, la tesis de la usurpación tiene derivaciones todavía más duras. De todos modos, los argumentos de la continuidad de derechos y de la geografía siguen siendo los mismos.

La organización nacional
Para una historia construida sobre el mito nacional, el período de la organización se transforma en el momento culminante. La nacionalidad alcanza la totalidad de sus potencialidades a través de la organización y consolidación del estado. 
El mito nacional encuentra así su broche definitivo: la Argentina ya no es nación más, sino una gran nación, comparables a las más importantes del mundo, un umbral en la que no ingresa ningún otro país latinoamericano.
En este contexto, se consolida definitivamente una mirada sobre los otros sobre una perspectiva diplomática atenta sobre todo en los problemas limítrofes, las naciones extranjeras sólo son nombradas cuando estalla algún conflicto territorial. En contraposición, la mirada sobre la inmigración es únicamente positiva.
El modelo de análisis de los conflictos internacionales es compartido: el origen se encuentra en la agresividad y la actitud expansiva de los otros, a la que la Argentina responde siempre con acciones pacíficas, y respetuosas del derecho internacional, y en defensa de la verdad. Sólo cuando es llevada por los otros a una situación extrema, la Argentina responde con la firmeza necesaria.
A partir de los años 1880 los conflictos limítrofes con Chile ocupan la parte principal y extensa de los apartados en los que, dentro de cada una de las presidencias, se abordan las relaciones internacionales. 
De esta manera, la historia desplegada en los manuales escolares a partir de fines de los años cincuenta construye una imagen de la Argentina sólida, conceptuada y monolítica. Esta imagen del pasado se correspondió con un tipo de libro de texto que también  perduró por décadas sin mayores cambios. Los textos pueden ser interpretados como un indicador de la sólida implantación de la sociedad en esta imagen del pasado, que era reproducida cotidianamente en los rituales escolares. A partir de los años ochenta,  esta imagen monolítica comenzó a resquebrajarse, como consecuencia de un conjunto  diverso de cambi
os, entre los que sobresale el establecimiento de un régimen político democrático.

Fuente consultada: 
Romero, Luis Alberto (coord) La Argentina en la escuela. La idea de nación en los textos escolares. Buenos Aires, Siglo XXI, 2004